Nunca es suficiente

Una mirada puede acariciarte la piel

Nunca es suficiente tienes pocos días de vida, apenas una semana, y siento la necesidad de contarte más sobre la historia de amor y de pasión que se esconde entre sus páginas y sobre la mujer y los dos hombres que la viven. Me he dado cuenta de que siempre me quedo corta y después de leer tus comentarios creo que tú opinas lo mismo (gracias), así que te adelanto que mis próximas novelas tendrán como mínimo el doble de páginas. El doble. Espero no asustarte y que quieras leerlas, mientras aquí tienes una escena inédita de Nunca es suficiente.

Si has leído la novela, te gustará, es sobre una noche muy especial para Marina, Raff y James. Si no la has leído, te seducirá y se quedará dentro de ti pidiéndote a gritos que compres el libro y lo devores entero. No contiene spoilers, si me conoces ya sabes que creo firmemente que no existe nada más erótico que el amor y los finales felices (a pesar de lo doloroso que sea el camino hasta llegar a ellos).

Lee y enamórate de Marina, Raff y James. He titulado esta escena, este capítulo de regalo, Una mirada puede acariciarte la piel.

«Rafferty está nervioso, lleva días intentado ocultarlo sin éxito. Debería decirle que no pierda el tiempo, que estoy tan dentro de él que nunca podrá mentirme, pero he aprendido que Raff, cuando algo le preocupa de verdad, necesita hacer las paces consigo mismo antes de enfrentarse a mí. A nosotros, en realidad. Le sucede lo mismo con James. Hubo un tiempo en el que tuve miedo de que no llegase a ser así, temía que nuestra relación no fuese de verdad la misma, que nuestro amor se repartiese de manera distinta y no equitativa. Qué equivocada estaba. Nuestro amor no es igual, es distinto entre los tres, los tres necesitamos ser amados y que nos amen de distintas maneras, como cualquier persona enamorada, pero la intensidad de los sentimientos, la intimidad que compartimos no conoce límites.

Tal vez sea porque entre nosotros nunca han existido.

-¿Qué diablos le pasa a Raff? -es James, entra en la cocina donde estoy tomándome un té. Ellos dos estaban abajo cuando he llegado a casa, les he oído hablar y he preferido no acercarme. He detectado en sus tonos de voz que esa conversación les pertenecía solo a ellos. Y que James estaba intentado hacer hablar a Rafferty.

Sonrío.

-La semana pasada le llamó su padre -le cuento-. No me lo ha dicho, cree que no lo sé. Le oí por casualidad, Raff estaba en el salón cuando le sonó el móvil, yo bajaba por la escalera. No sé qué le dijo, le colgó antes de que llegase a su lado y no me dijo nada.

-¿No se lo preguntaste? Ese hijo de puta seguro que le ha hecho daño, voy a…

-No vas a hacer nada.- Coloco una mano en su torso, se le ha acelerado el corazón y ha cerrado los puños-. Por supuesto que se lo pregunté, y me bastó con mirarle a los ojos para saber que nos lo contaría cuando llegase el momento. Tenemos que esperar, ¿de acuerdo?

Me pongo de puntillas y le doy un beso en los labios. James responde de inmediato, suspira cuando nuestras bocas se juntan y sus manos se cierran sobre mi cintura, pegándome a él.

-De acuerdo -farfulla sin soltarme-. Pero no me gusta. Necesito protegeros, asegurarme de que sóis felices. Estáis metidos en esto por mí.

Enarco una ceja y le clavo las uñas en la espalda.

-Esto es lo mejor que nos ha pasado en la vida y no estamos aquí por ti. Estamos aquí porque nos amamos. Y no eres tú el que tiene que hacernos felices, es cosa de los tres, ¿entendido?

Se le oscurecen los ojos, traga saliva dos veces y asiente sin apartar la mirada de mí.

-Dios, tengo que estar dentro de ti ahora mismo -asegura antes de devorarme los labios y empezar a desabrocharme los botones de la blusa.

Yo hago lo mismo, los besos de James siempre me aceleran el corazón y hacen que me olvide de todo lo que me rodea excepto la pasión y el deseo que él me despierta. Tiro de la camisa que lleva para sacársela del pantalón y acariciar la piel, las heridas dejadas años atrás por un sable y por su pasado en Japón del que todavía nos falta tanto por descubrir. Demasiado. Él aumenta la intensidad del beso al notar mi caricia y me levanta del suelo para ponerme encima del mármol donde suele haber un jarrón. Hoy no está, lo habríamos roto y a ninguno le habría importado. Le desabrocho el cinturón, no podemos contenernos más y la ropa es un obstáculo insoportable. Si pudiera quitarle la maldita camisa…

-Chis, tranquila, deja que lo haga yo -susurra Raff y tanto James como yo nos detenemos un segundo. Abro los ojos, veo que a James se le eriza la piel igual que a mí.

Raff está detrás de James, le besa el cuello, sube despacio hasta detenerse en la oreja y susurrarle allí su nombre.

-Jamie… -Solo él le llama así.

James cierra los ojos y vuelve a besarme. Hay más pasión que antes, más amor, ha dejado de controlarse.

Raff tira de la camisa de James y le muerde encima del hombro sujetándole las caderas, moviéndose a su espalda. James me baja la ropa interior, las manos se deslizan firmes por mis muslos mientras los labios descienden por mi cuello y me besa por encima del sujetador.

-Marina, Raff, os necesito. -No suena a súplica, suena a desesperación y a orden.

Suspiro, gimo, no puedo contenerme, cuando estoy así con ellos me convierto en una criatura que solo siente y que solo se calma cuando nos perdemos juntos. Separo las piernas, James se coloca entre ellos y alargo las manos para tocar a Raff. Se ha quitado la camisa, siento su piel bajo las yemas y sé que apenas me quedan unos minutos antes de pedirles, por favor, que me hagan sentir que formo parte de ellos.

-Raff -susurro su nombre echando la cabeza hacia atrás para que James me bese el cuello-, te necesitamos.

-Y yo a vosotros. Mucho. Muchísimo -confiesa casi para sí mismo, besando la espalda de James, recorriendo su torso, y acariciando el mío con los nudillos-. Siento haber estado distante.

James se aparta un poco de mí, no demasiado, lo justo para mirarme a los ojos y sonreírme. Sé lo que me está diciendo, me está dando las  gracias por mi consejo, por haberle dicho que teníamos que esperar.

-No importa -le dice a Raff antes de besarme-, ahora estás aquí.

-Sí, y siempre voy a estarlo. Nadie podrá entrometerse entre nosotros.

Oigo el ruido de algo metalizado golpeando el suelo y levanto las pestañas los justo para ver que ha sido el cinturón de Raff al caer. Está completamente desnudo. James también. Son lo más bello e impresionante que he visto nunca.

-Quiero estar dentro de ti, Marina, lo necesito -me pide James. Yo tengo la blusa desabrochada y sigo llevando el sujetador, aunque está empapado por sus besos. La falda está arremolinada en mi cintura y él hunde allí los dedos, sujetándome, ocultando su temblor-. Y a ti Raff también. Te necesito dentro de mí. Ahora. Siempre.

Le tiembla la voz, los tres nos damos cuenta. James, a pesar de ser tan fuerte, sigue sintiendo que sin él Raff no habría tenido que superar tantos miedos ni tantos obstáculos. Aunque no sería tan feliz. Nunca lo habría sido.

-Dios mío, Jamie, amor mío. Yo también te necesito. -Raff aprieta los ojos. siente el dolor que le ha causado a James en su piel. Lo sé porque le hace girar el rostro y le besa con tanta delicadeza que se me llenan los ojos de lágrimas-. Te amo, Jamie. No lo dudes nunca, yo no lo dudo. Por muchas llamadas de ese cretino.

-Yo también te amo, Ra -dice James tras el beso-. Y a ti, Marina, te amo.

Se gira y me besa con idéntica ternura mientras captura mis lágrimas con el pulgar.

-Os prometo que os lo contaré todo -asegura Raff conteniéndose, con la voz ronca de deseo-. Después. Ahora, necesito hacerle el amor al hombre y a la mujer que amo.

James me besa apasionadamente, se desliza con cuidado dentro de mí y se detiene. Aprieta los dedos. Los dos esperamos a que Raff cumpla su promesa y nos haga el amor.

Cuando lo hace, cuando estamos los tres unidos, el placer es tan grande y el amor es tan fuerte que nada puede separarnos.»

Una mirada puede acariciarte la piel... así es como Raff mira a Jamie y a Marina.

Una mirada puede acariciarte la piel…así mira Raff a su Jamie y a su Marina

@Miranda Cailey Andrews.

No existe nada más erótico que el amor, Marina, Raff y James así lo creen, igual que Amelia y Daniel Bond e igual que yo. Si tú también estás convencido de ello, sigue leyéndome ♥

 

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Nunca es suficiente

Nunca es suficiente

Cuando Marina y Rafferty aparecieron en mi primer boceto de Noventa días supe que iban a ser importantes, lo supe porque tanto ella como él desprendían una gran capacidad de amar y de ser amados, por eso, y solo por eso llegó James. Nunca es suficiente no es la historia de un trío sexual, ni tampoco la historia de una pareja que requiere de un tercero para jugar en la cama. Nunca es suficiente es la historia de un gran amor, tan grande, tan apasionado, tan sensual, tan erótico que para vivirlo hacen falta tres personas… Y esta es una escena inédita que no encontrarás en la novela y que te regalo aquí para que empieces a enamorarte de Marina, Raff y James y les quieras tanto como yo.

«La habitación del hotel es preciosa, desde la ventana puedo ver las copas más altas de los robles de Hyde Park bañados por la tenue luz de las estrellas y frente al sofá que domina el pequeño salón que precede la cama hay una chimenea donde bailan unas llamas lentamente. Estoy sola, la nota que acompañaba el ramo de rosas blancas que he recibido esta mañana está ahora arrugada entre los dedos de mi mano derecha. La he leído tantas veces que temo que las letras vayan a desaparecer por arte de magia. Hotel Claridge’s, habitación 56, hoy a las seis. Y la firma, dos iniciales, R J.

He intentado averiguar de qué se trataba, hoy no es nuestro aniversario y no celebramos nada, lo sé, es a mí a quién se le da bien recordar esta clase de cosas. He mandado un mensaje a James y otro a Rafferty preguntándoles si sucedía algo y los dos me han contestado lo mismo y casi en el mismo instante. Tú asegúrate de estar en esa habitación a las seis. Te quiero.

Parecerá absurdo, lo es, sin duda, me he puesto tan nerviosa que apenas sé qué he hecho durante el resto del día. No he podido dejar de pensar en ello, el temor se ha apoderado de mí y he empezado a pensar en los motivos por los que íbamos a vernos en el Claridge’s y no en casa. No va bien, vamos a romper. Lo nuestro se ha acabado… pero si acaba de empezar. Amelia se ha percatado de mi lamentable estado y me ha preguntado qué me pasaba, he sido incapaz de contárselo. Ella está por fin feliz y tranquila y no quiero cargarla con mis problemas después de lo mucho que ha sufrido. Amelia me ha abrazado, no la he engañado, y me ha sugerido, ordenado es más exacto, que me fuese a casa y hablase con el causante de mis preocupaciones.

-La vida es demasiado hermosa para malgastarla en malentendidos -me ha dicho al despedirme-.Ve y arréglalo, Marina.

Le he sonreído, qué otra cosa iba a hacer, y he venido hasta aquí. Hasta esta habitación de hotel. Primero he esperado vestida pero al final he optado por darme un baño y ver si así me tranquilizaba un poco. Ha servido, hasta que al salir me he acercado al armario y he visto allí unas camisas blancas colgadas y una bolsa de cuero marrón en el suelo.

Es la bolsa de Raff. Se va. Me deja.

Me he puesto a llorar. No puede ser. No puede hacerme esto ahora. He respirado hondo, el aire ha entrado con dificultad en mis pulmones y me he levantado del suelo donde sin ser consciente me he arrodillado. Estoy frente la ventana, sujetando la camisa en mis manos, incapaz de mirar hacia la puerta y enfrentarme al final de este sueño. Oigo unos pasos en el pasillo, se me eriza la piel al oír el susurro del picaporte. Una risa ronca me calienta la sangre, otra me acelera el corazón.

No puede ser el final. No puede serlo.

Me giro y me quedo sin aliento.

-Marina, cariño, ¿qué sucede? –James se acerca a mí de inmediato y me abraza-. Dios mío, está temblando, ¿qué pasa?

-No quiero que esto acabe.

James me abraza más fuerte.

-No va a acabar nunca –afirma rotundo dándome un beso en el pelo, en lo alto de la cabeza.

La puerta se cierra, un ruido sordo me sorprende y al levantar la cabeza veo a Rafferty mirándonos fijamente. El casco de su moto ha caído al suelo y yace inerte junto a él. No puedo mirarle, escondo el rostro en el torso de James y noto que una lágrima me resbala por la mejilla.

-¿Marina? ¿Qué sucede? –Suena confuso, él no debería estarlo-. James, dime qué sucede –le exige al hombre que evita que me derrumbe.

-No lo sé –responde-. Ayúdame.

Raff se acerca e intenta abrazarme pero le detengo.

-No me toques –farfullo.

-¿Qué? ¿Por qué?

Aparto de nuevo el rostro del pecho de James y les miro a ambos.

-Si vas a dejarme, no vuelvas a tocarme.

-Yo no voy a dejarte nunca, Marina. NUNCA.

Se acerca a mí decidido y sin hacer caso de mi previa advertencia me sujeta el rostro con las manos y me besa desesperado. Yo clavo las uñas en el torso de James que sigue abrazándome por la cintura y dejo que Rafferty me bese de esa manera tan posesiva. Su sabor me tranquiliza, notar su aliento mezclándose con el mío me hace temblar.

-¿Por qué dices que voy a dejarte? –me pregunta dolido al separarse-. ¿No sabes que no puedo vivir sin ti?

-Hay ropa tuya en el armario –lo señalo con la barbilla- y tú… tú… tú.

-Yo os hice mucho daño –termina la frase resignado-. Lo sé, Marina, créeme. No voy a volver a hacéroslo. Te necesito para vivir, te necesito para amar, no puedo ni quiero estar sin ti. ¿Me crees?

-¿Por qué me has pedido que viniese aquí?

-Te le hemos pedido los dos, ¿recuerdas? –me susurra con una sonrisa.

Desvío la mirada hacia James y veo que tiene los ojos fijos en nosotros y que el torso le sube y baja despacio. Él siempre ha sido el más valiente de nosotros, tal vez por su pasado, y verle así me duele porque James se merece ser amado apasionadamente.

-Creo que no vas a dejarme pero…

Rafferty no me deja terminar.

-A James tampoco, no lo digas. No lo pienses. Le amo con todas mis fuerzas, sin él, no existiría. Y lo sabes. Los dos lo sabéis.

Rafferty me suelta entonces el rostro y gira despacio hacia James. Observo asombrada que a James le tiembla un músculo en la mandíbula, que le cuesta tragar saliva. Ese hombre tan fuerte puede con todo excepto con el cariño y esas muestras tan espontáneas y tan románticas de Rafferty le destrozan.

-Te amo, James –pronuncia Raff con reverencia antes de pegar sus labios muy despacio en los de James. James tarda un instante en separarlos y cuando lo hace el suspiro que sale de ellos me eriza la piel. Es hermoso y sincero. James flexiona los dedos que tiene en mi cintura y le acaricio el torso para calmar los latidos de su corazón mientras Raff le besa y le besa y no se aparta hasta convencernos a los tres que su amor no tiene límites ni impone ninguna condición.

-Yo también te amo, Raff –susurra James-, y tú, Marina, lo eres todo para mí.

Me acerca a él y me besa con la misma ternura y pasión que antes ha compartido con Raff, no existen diferencias, solo un amor que nos rodea y posee a los tres, que nos ha dado forma y tras mucho dolor nos ha convertido en lo que somos.

El beso sigue, noto las manos de Raff a mi espalda y en mi nuca, acariciándome el pelo. El albornoz con el que me he envuelto al salir de la ducha se afloja y una mano acaricia mi piel.

-Un momento –interrumpo ese beso porque necesito saber la verdad-, ¿por qué me habéis citado aquí? ¿Por qué no estamos los tres en casa?

James que está frente a mí me sonríe y levanta una ceja, deduzco que ese gesto va dirigido a Raff que está a mi espalda.

-Queremos pedirte algo –contesta Raff mordiéndome el cuello.

-No tienes por qué hacerlo –añade James besándome la clavícula.

Yo susurro sus nombres y cierro los ojos.

-James tiene que ir a Japón –sigue Raff desnudándome.

-Puedo ir solo –es James, justo antes de pegarse a mí y acariciarme.

-Tú no vas solo a ninguna parte –le recuerda Raff apartándome el pelo para darme besos en la columna vertebral.

-Vosotros dos podéis quedaros aquí y…

-Disculpa un momento, cielo. –Raff se aparta de mí, me abriga con el albornoz y me da un suave beso en los labios antes de acercarse a James y sujetarle por el cuello de la camisa para besarlo apasionadamente-. Tú no vas a ir solo a ninguna parte, James. Y mucho menos a resolver asuntos sobre tus padres.

Abro los ojos al escuchar esa última parte, los padres de James murieron trágicamente hace muchos años, es un tema muy doloroso y traumático para él. Por supuesto que no va a ir solo. Mis pies reaccionan antes que yo y camino hasta ellos para coger a James del cuello y besarlo con todas mis fuerzas.

-No vas a ir solo a ninguna parte, James.

-Pero, pero… -balbucea unos segundos-. Es a Japón, y tú y Rafferty tenéis trabajo y –traga saliva- puede ser peligroso.

Rafferty suelta la camisa de James para rodearnos a los dos por la cintura, desliza la mano derecha por la de James y la izquierda por la mía. Los tres estamos unidos. Siempre.

-Si tú vas a Japón, nosotros vamos contigo, James. Basta de hacer las cosas solo, ¿entendido? Os amo.

James carraspea, intenta disimularlo y no lo consigue, y sonríe levemente. Agacha la cabeza para darme un beso y sin decir nada se aparta y le da otro a Rafferty.

-Gracias –susurra al final.

-Dámelas de otra forma –bromea Rafferty con la voz ronca teñida de deseo.

James se ríe, era lo que Rafferty quería, y se aparta para empezar a desnudarse. Mientras, yo me giro hacia Raff y me pongo de puntillas para darle un beso lento y profundo en los labios.

-Lo has hecho muy bien, Rafferty. Gracias por cuidar de los tres.

Raff no me contesta, me besa y me levanta en brazos para llevarme a la cama.

No va a dejarnos.

Los tres seguiremos luchando por nuestro amor.»

Nunca es suficiente

Nunca es suficiente

 

Deseo de corazón que te haya gustado leer este pequeño regalo con Marina, Raff y James de protagonistas y que te enamores de Nunca es  suficienteYo ya estoy escribiendo mi próxima novela y muchas escenas más con las que sorprenderte, conquistarte y apasionarte.

Sigue leyéndome…

Miranda Cailey Andrews

 

 

 

 

 

 

 

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Daniel y Amelia, Noventa Días, Nunca es suficiente

A veces…es para siempre.

A veces me despierto asustado, a veces me despierto confuso, a veces me despierto furioso por culpa de una pesadilla demasiado real. A veces me despierto y me doy cuenta de que soy feliz. Esas veces son las que más me asombran, las que me cuestan más de asumir, a las otras… a las otras estaba acostumbrado. Ayer llegué tarde a casa. A casa, un concepto cuya existencia antes desconocía y que ahora me ha cambiado la vida. Me gusta decirlo, adoro sentirlo, me excita saber que hay un lugar, un solo lugar en el mundo que me pertenece y que dentro yo pertenezco a la mujer que amo. Y ella a mí. Odio llegar tarde a casa, perderme uno de esos minutos que son solo nuestros, míos y de Amelia, me pone furioso, sin embargo ayer fue inevitable. Patricia, mi socia en Mercer & Bond, tiene que ausentarse unos días, van a realizarle una pequeña operación, en su última revisión médica le encontraron algo que la asustó. Al final no ha resultado ser nada grave pero tienen que extirpárselo y Patricia, previsora, neurótica, auténtica como siempre ha insistido en reunirse conmigo y repasar todos sus asuntos “por si sucede algo”.

-No va a sucederte nada, Patricia –he insistido porque lo creo de verdad y porque realmente el mundo sería un lugar muy poco interesante sin Patricia Mercer.

-Si me sucede te quedarás tú solo con el nuestro bufete y te ocuparás de todo. -Si te sucede algo venderé el bufete al primer niño pijo de Harvard que quiera comprarlo solo para hacerte volver. Patricia me ha mirado confusa.

-Sigue sorprendiéndome comprobar que eres humano, Bond.

-Yo también te quiero, Mercer.

-Mírate, hablando incluso de sentimientos. Vete a casa con Amelia, vamos. Lárgate.

He soltado una carcajada, con la que me he ganado otra mirada, y la he dejado allí a solas con sus pensamientos. Sé que eso era exactamente lo que quería Patricia y yo quería ver a Amelia. El día se me hace eterno desde que trabaja en la O.N.G. En el coche he pensado en lo que le ha sucedido a Patricia, podría haber acabado de una manera muy distinta, el día que el doctor la llamó podría haberle dado una mala noticia. Me he pasado años fingiendo que no tenía un pasado, negándome a tener un futuro porque creía que era la mejor manera, la única, de evitar el dolor. Amelia no me dejó seguir haciéndolo y siempre que sucede algo que me hace retroceder me obliga a seguir adelante, a sentir como nunca antes había sentido. Amelia me da fuerzas, me convierte en el hombre más valiente que puedo ser, pero nuestro amor no puede protegernos de todo. De hecho, los dos hemos aprendido a la fuerza lo fácil que sería perdernos. Llego a casa, aparco el coche en el garaje de nuestro edificio y entro en el ascensor. Huelo su perfume, puedo sentirla allí conmigo. Amelia está metida tan dentro de mí que su olor me circula por la sangre, me acelera el pulso, me la imagino frente a mí. Los escasos minutos del trayecto se me hacen eternos y cuando la puerta del ascensor se separa salgo con la llave de nuestro ático en la mano. Está a oscuras, es tarde, Amelia lleva días cansada porque Marina está de luna de miel e insiste en hacer ella el trabajo de las dos. Intento contenerme para no discutir por culpa de eso pero me resulta muy difícil luchar contra mi instinto de protegerla. La luz del pasillo está encendida y encima de la mesa del salón hay una nota junto a un vaso donde hay una rosa blanca.

Es de las nuestras, te he estado esperando… Te quiero. A 

Me guardo la nota en el bolsillo de la americana para añadirla a las que ya tengo. Las guardo todas, no sé si Amelia lo sabe aunque seguro que se lo imagina y por eso insiste en dejármelas. La rosa es preciosa, ha salido del invernadero que Amelia insistió en construir en la terraza del ático cuando se mudó aquí. Lo primero que hizo fue obligarme a plantar un esqueje del rosal de mi madre que conservo en la casa de campo. Acaricio los pétalos igual que haré con el rostro de Amelia dentro de unos instantes. Camino hasta nuestro dormitorio, ella está dormida y procuro no hacer ruido. Me acerco a la cama y me agacho para darle un beso en los labios. Ella suspira sin despertarse. Me desnudo, me quedo en calzoncillos en contra de lo que desearía… sentir su piel en todo mi cuerpo, sin excepción. La pesadilla es horrible, me ahogo, no puedo respirar. No estoy encerrado en ninguna parte ni hay agua a mi alrededor, sencillamente no puedo respirar porque Amelia no está a mi lado. La busco frenético, desesperado, si no la encuentro pronto voy a morir. Se me acaba el tiempo, el corazón me quema dentro del pecho, el sudor frío me hiela la piel, ya no puedo pensar y lo único que siento es lástima de mí mismo porque mi vida no ha significado nada sin ella. Abro los ojos, me llevo una mano al torso para detener los latidos de mi corazón. En cuanto adquieren una velocidad soportable giro el rostro y la veo. Amelia está aquí, a mi lado. No puedo contenerme, no lo intento, la necesito demasiado. Levanto una mano, estoy temblando, y le acaricio el rostro, le aparto un mechón de pelo. Bajo la mano despacio, con las yemas de los dedos rozo la deliciosa piel de su cuello, la tira del camisón que descansa en el hombro.

-Daniel… -pronuncia mi nombre como solo lo hace ella.

-Te necesito. Amelia mueve una mano hacia mi rostro y me acerco a ella impaciente porque me toque, por sentirla encima de mí.

-¿Qué ha pasado?

-No estabas. -Es lo único que contesto.

Agacho la cabeza, busco sus labios y cuando estos ceden y se rinden a los míos con tanta dulzura estoy a punto de alcanzar el orgasmo. Amelia me toca la nuca, enreda los dedos en mi pelo.

-Estoy aquí, Daniel. Te amo, siempre estaré donde tú estés.

-Dios, Amelia, te amo. Deja que te sienta, lo necesito. Me acaricia los hombros desnudos y sigue respondiendo sin prisa a mis besos, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo.

Lo tenemos.

Bajo la mano por encima del camisón y la deslizo por entre sus piernas, al sentir su calor gimo sin control. La acaricio con suavidad y reverencia, Amelia suspira, me deja sin aliento al entregarse a mí de esa manera.

-Yo también te siento, Daniel.

-Quédate así –le pido-, no te muevas. No digas nada, por favor.

Amelia asiente, deja que le coloque las manos como quiero, las levanto con adoración, le beso la piel de las muñecas y las dejo frente al cabezal. Ella lo rodea con las dedos. Sé que no va a soltarse, yo no lo hago cuando necesito entregarme a Amelia de esa manera, hoy necesito que sea ella la que se rinda. Beso a Amelia, le recorro el cuerpo a besos, la acaricio, la llevo al límite con mis susurros, mis labios, mi alma. Me coloco entre sus piernas, le tiemblan.

-Daniel…

-Un poco más, amor.

Le beso los muslos, respiro pegado a su piel, busco su sabor y lo capturo con mi lengua. Arquea la espalda, aprieta el cabezal. No se suelta.

-Gracias por la nota –susurro sin apartarme de ella. Mis palabras le erizan la piel-. Y por la rosa-. La beso donde estoy muy, muy despacio-. Gracias por amarme.

La piel le quema, tensa los músculos de la pelvis, se muerde el labio para no gemir y me incorporo para entrar dentro de ella y besarla en los labios. La beso, engullo sus gritos orgulloso por haberlos creado, la sujeto por los hombros para retenerla mientras me aseguro de formar parte de ella, de que nadie pueda arrancarme jamás de allí.

-Te amo, Amelia. Gracias por dejarme amarte. Me estremezco, grito, le muerdo el cuello y ella me acaricia el pelo con ternura mientras el resto de su cuerpo se sacude con un orgasmo intenso y violento. Amelia es capaz de destrozarme.

-Te amo, Daniel. Aparto la cabeza porque necesito volver a besarla. Ahora, con nuestros cuerpos unidos ya puedo respirar. No me aparto, vuelvo a moverme. Esta vez despacio, sin restricciones, dejando que me toque, suplicándole que lo haga. A veces tengo pesadillas pero Amelia siempre las derrota. Amelia siempre me derrota.

La amo, le pertenezco.

A veces...es para siempre, y más si se trata de Daniel y Amelia

A veces… es para siempre, y más si se trata de Daniel y Amelia.

 

Espero que te haya gustado leer lo que le sucede a veces a Daniel… y que tengas ganas de leer mi nueva novela. Se publica en septiembre y en ella descubrirás con quién se ha ido de luna de miel Marina, Nunca es suficiente puede robarte el alma.

Miranda Cailey Andrews

 

 

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