Beso nº 7

Daniel y Amelia se conocieron en un ascensor y me parece muy romántico que el día de su boda vuelvan a coincidir en uno.

La escena entera, y mucho más, en Un día Más, la preciosa última entrega de la sensual saga de Noventa Días.

Señora de Daniel Bond, no puedo dejar de repetirlo en mi mente. Daniel y yo hace mucho que nos pertenecemos y nuestra boda no ha cambiado nada al respecto, pero reconozco que no puedo evitar sonreír cada vez que alguien me llama así. Como cuando hemos vuelto a nuestro apartamento:
-Buenas noches, señor y señora Bond, y felicidades por la boda –nos ha saludado el portero.
Daniel le ha estrechado la mano y yo le he abrazado. Al pobre hombre casi le da un infarto al ver como lo miraba Daniel.
Ahora estamos solos en el ascensor, igual que el día que lo conocí, aunque por suerte las cosas han cambiado. Y mucho.
-Los ascensores te sientan demasiado bien –le digo recorriéndolo con la mirada. Ese traje negro le queda de infarto y desde que el sacerdote nos ha pronunciado marido y mujer es como si Daniel desprendiese un aire de satisfacción más intenso que antes.
Me sonríe.
-A ti también, señora Bond-. Desliza los ojos por mi cuerpo y es casi una caricia-. Estás preciosa.
Llevo un vestido blanco de encaje a la altura de las rodillas. Después del gran fiasco que fue mi primera boda, ahora no quería casarme vestida de princesa. Además, Daniel no se ha enamorado de una princesa de cuento de hadas, se ha enamorado de mí.
Noto su mirada fija en el escote y prácticamente sin darme cuenta llevo allí mi mano. Me está desnudando con la mirada y se le ha acelerado la respiración. Le veo apretar la mandíbula y flexionar los dedos y sintió esas reacciones dentro de mí.
No llegaremos al apartamento.
-Para el ascensor.
Daniel enarca una ceja.
-Para el ascensor –repito-. Ahora.
Él flexiona una mano y acto seguido pulsa el botón que detiene la maquinaria.
-La alarma saltará dentro de cinco minutos –pronuncia él sin dejar de mirarme.
Camino hasta Daniel, él se ha quedado inmóvil junto al panel del ascensor, y tiro de la corbata.
-Dame las manos.
Las levanta al instante. El torso le sube despacio, controla sus respiraciones igual que cuando está al limite del deseo. Le ato las muñecas y poniéndome de puntillas le desabrocho los botones del cuello de la camisa.
-¿Cuánto tiempo nos queda? –le pregunto mientras le beso la piel que ha quedado al descubierto.
-Cuatro minutos-. Ha tenido que tragar saliva para poder responderme.
-Bien, Daniel, eres mío y voy a hacer contigo lo que quiera-. Le lamo la oreja y él se estremece-. No puedes moverte. No puedes hacer ruido-. Le beso el cuello y termino hundiendo suavemente los dientes en su pie-. Tú asegúrate de avisarme antes de que se acabe el tiempo. No quiero que salte la alarma. ¿Entendido?
-¿Pretendes que esté pendiente del reloj mientras me tocas?
-Eso es exactamente lo que pretendo, Daniel.>>

 

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