Daniel y Amelia, James, Marina, Noventa Días, Nunca es suficiente, Raff

Un beso y una mirada… segunda parte

La semana pasada, cuando publiqué la primera parte de Un beso y una mirada, no me di cuenta de que la segunda iba a caer justo en el día de Halloween. Es curioso, ¿no crees?, y he decidido tomarme la llegada de las brujas y de los fantasmas como una muy buena señal. Estos últimos días han sido muy productivos, difíciles pero productivos, las novelas del año que viene van cogiendo forma, sus personajes ya tienen vida y están llenos de emociones. Pero quizá falta demasiado para el 2015, quizá antes de que el año cambie de número podría conseguir que una historia acabase en tus manos, enamorándote, seduciéndote para siempre.

Prometo intentarlo si tú me prometes que seguirás leyéndome y creyendo que no existe nada más erótico que el amor.

Y ahora centrémonos en esa cena que Marina, Rafferty y James han organizado junto con Daniel y Amelia, ya sabes qué está sucediendo entre estos últimos, ¿no? (si no, busca la entrada de la semana pasada y léela), pues bien, antes de seguir con ellos creo que ha llegado el momento de contarte qué están haciendo los protagonistas de Nunca es suficiente. Te va a hacer temblar, ya verás.

Esta vez, la escena va a contártela James… ♥

«Esta noche tenemos invitados en casa. En casa. Se me eriza la piel de la espalda solo con pensar en esa palabra y aprieto los puños para contener la arrolladora necesidad que siento por tocar justo en este instante a la mujer y al hombre que la comparten conmigo. Nunca me había atrevido a soñar que pudiera sucederme a mí, que tuviese la suerte y el privilegio de enamorarme de dos personas tan increíbles, tan perfectas. Perfectas para mí. Y ellos me aman, lo sé. Cojo aire y lo suelto despacio, es inútil que siga intentando negar la evidencia. Les necesito.

Ahora mismo.

Ya.

Mierda, la cena. Alargo la mano furioso en busca del reloj que se ha escondido bajo el puño de la camisa blanca. Tengo tiempo. Daniel y Amelia no llegaran hasta dentro de unas horas y sé que Marina y Rafferty están a punto de salir de sus respectivos trabajos e ir a casa. Yo iba a llegar tarde, tengo una reunión en Britannia Oil, pero voy a cancelarla. El informe de la nueva plataforma puede esperar. Yo no. Sé que estoy alterado, que hoy mis sentimientos son especialmente intensos y me duele reconocer que una parte de mí tiene miedo de lo que pueda suceder esta noche durante la cena. Odio sentirme así, lo odio porque significa que estoy inseguro y que dudo del amor que nos profesamos. Y no es así. Sin embargo, no puedo evitarlo. Daniel y Amelia son amigos de Rafferty y Marina, yo soy el recién llegado. El nuevo. El hombre que trastocó sus vidas.

No, no es verdad. Sacudo la cabeza disgustado conmigo mismo. Marina y Rafferty no se merecen que defina así nuestra historia de amor. Y Daniel y Amelia siempre nos han apoyado, aunque sé que cuando Marina y Rafferty fueron pareja, antes de conocerme, también estuvieron a su lado. Es eso, es ese pasado común entre ellos cuatro, lo que me tiene así. Siempre habrá una parte de su historia en la que yo no aparezco.

Pero yo soy su futuro. Los tres lo somos. El futuro nos pertenece juntos. Y necesito tocarlos, besarlos, ahora mismo. El claxon de un coche me obliga a detenerme y mi mirada se desvía hacia unas flores blancas. Tengo que moverme, si me quedo quieto durante lo que dura el semáforo me arrancaré la piel. Camino decidido hasta la floristería, ocupa la entrada de Liberty, la quintaesencia de Inglaterra, el contraste más marcado con mi pasado en Japón.

-¿Puedo ayudarle, señor? -Un dependiente con delantal negro y acento impecable me atiende.

-Sí, quiero dos ramos de rosas blancas.

-Enseguida.

Mientras me los prepara intento no pensar por qué he elegido esas flores. Estoy impaciente por dárselos, por ver la sonrisa que me regalará Marina cuando las huela, el rubor que teñirá las mejillas de Rafferty cuando las acepte a regañadientes. Recompenso la eficacia y la rapidez del florista con una propina y sigo con mi camino. Esquivo a la gente, sorteo obstáculos con cuidado de no dañar los ramos y por fin -por fin- veo la reja negra de casa.

Abro. Oigo sus voces en el piso de arriba y doy gracias al destino por permitirme esos segundos para calmarme (algo que no consigo) y quitarme el abrigo. Marina le está explicando a Rafferty algo que le ha sucedido en el trabajo y a juzgar por el ruido él está aprovechando para desvestirse.

Me detengo en la puerta del dormitorio. Está abierta y me apoyo sin hacer ruido en el marco. Rafferty está dándome la espalda, está plantado frente al vestidor colgando la corbata que esa mañana le he visto ponerse. Marina sale del baño contiguo y es la primera en descubrir mi presencia.

-James, creía que ibas a llegar tarde.

-No te muevas de donde estás -la detengo con mis palabras y mi mirada-, por favor.

-¿No tenías una reunión? -Rafferty se da media vuelta, lleva el torso desnudo y sujeta una camiseta blanca en la mano.

-Deja esa camiseta en el suelo y quédate donde estás -le digo. Me ha costado pronunciarlo, la garganta se me está cerrando de las ganas que tengo de besarlos-, por favor.

La camiseta cae al suelo y los dos me miran intrigados. Durante un instante intercambian una mirada y se me acelera el corazón al ver que se sonríen y deciden seguirme la corriente.

-Tengo que deciros algo -empiezo, pero justo entonces me clavo una espina en un dedo y recuerdo los ramos que aún sujeto. Carraspeo-. Esto es para ti. -Camino despacio hasta donde está Marina y le doy las rosas blancas.

Ella las huele, me sonríe (sabía que me sonreiría), se pone de puntillas y me da un beso en los labios.

-Gracias, James.

Me acaricia la mejilla, sube la mano hasta el pelo y me aparta un mechón que el sudor -y el deseo- me ha pegado en la frente.

-De nada -farfullo antes de girar sobre los talones y acercarme a Rafferty. Él me está mirando, tenso, el torso le sube y baja despacio. Está conteniéndose, pero no sé qué… Tal vez. No, me riño, no puedo dudar de ninguno de los dos.

Me detengo frente a él y nos miramos.

-¿James? -Enarca una ceja y tengo la sensación de que está conteniendo una sonrisa.

-Estas son para ti, Ra. -Extiendo el brazo con el ramo.

-¿Me has comprado flores?

Se ha cruzado de brazos, se le marcan los pectorales y me distrae.

-Sí, os las he comprado a los dos. A Marina le han gustado, me ha dado un beso.

-¿Rosas blancas? -Acepta el ramo, al cogerlo nuestros dedos se han rozado, pero sigue sin acercarse y sé que Raff no es como Marina. Él necesita su tiempo.

-Significan que un amor durará toda la vida. La eternidad -le explico mirándole a los ojos-. Mi padre se las regalaba siempre a mi madre.

-Son preciosas -dice por fin Rafferty colocando una mano en mi torso. La camisa no evita que se me acelere el corazón-. Gracias.

-De nada.

La mano sube hasta mi cuello y los dedos se mueven despacio por la nuca, enredándose en mi pelo. Cierro los ojos. Noto el aliento de Rafferty acariciándome el lóbulo de la oreja.

-Nunca nadie me había regalado flores -me susurra-. Gracias por ser el primero, Jamie.

-El único -pronuncio tras humedecerme los labios.

-El único -repite antes de besarme la mejilla, acercándose con otros besos a mis labios-. Solo tú y Marina. Para siempre.

-Para siempre -repito ahora yo sujetándome de su cintura.

Dios, se suponía que era yo el que iba a estar al mando, el que iba a tomar la iniciativa, pero ha sido verlos y he perdido la capacidad de pensar y de dominar mis propias acciones.

-James, amor -murmura Marina a mi espalda, acariciándola, rodeándome desde allí para empezar a desabrocharme los botones de la camisa-, ¿de verdad nos necesitabas tanto?

-De verdad. Siempre os necesito -confieso hundiendo el rostro en el cuello de Ra para besarlo-. Os necesito.

Rafferty me sujeta el mentón y se apodera de mis labios, robándome el aliento, besándome hasta que siente que me entrego a él por completo. Las manos de Marina están ahora sobre mi piel, los dedos encogen los músculos de mi estómago hasta detenerse en el cinturón negro.

-Es por la cena de esta noche -adivina Marina-, sigues creyendo que Daniel y Amelia simbolizan nuestro pasado, el pasado mío y de Rafferty en el que tú no estabas.

Asiento, solo puedo asentir, no soy capaz de hablar. Los dos me están besando, tocando, acariciando, volviéndome loco.

-No queremos ese pasado, Raff y yo nunca habríamos sido felices juntos -me asegura Marina besándome ahora la espalda.

¿Cómo me han quitado la camisa?

-Así es, Jamie. Amo a Marina, me enamoré de ella antes de ti, cierto. -Abro los ojos, a Rafferty le cuesta hablar de sus sentimientos y cuando lo hace no quiero perdérmelo-, pero sin ti jamás habría sido feliz. Jamás habría conocido el amor de verdad, el amor eterno. Eso solo lo siento cuando estamos los tres. Tú me has enseñado a sentirlo.

-Oh, Raff -suspira emocionada Marina, y pasa junto a mí para colocarse frente a Rafferty y darle un beso.

Les miro, les observo, son hermosos, son mi corazón. Lo mejor que me ha pasado en la vida.

-Os amo. -Los sentimientos salen de mis labios igual que de mi corazón.

-James. -Marina me abraza por la cintura y suspira pegada a mi torso.

-Jamie, ven aquí y hazme el amor. -Rafferty tira de mi cuello para besarme apasionadamente-. Te amo, amo a Marina y es culpa tuya que me hayas convertido en la clase de hombre que se excita y emociona con un ramo de flores, así que ahora haz algo al respeto. Por favor.

-Sí, James, no puedes dejarnos así. Haz algo, te necesitamos. Te amamos.

Lo hago, le beso, primero a él porque no me suelta y después a Marina. Y después…después seguimos besándonos y amándonos.»

Espero que te haya gustado leer sobre James, Marina y Rafferty y que quieras seguir leyendo más y más.

Yo sigo escribiendo, todavía me falta contarte qué sucede durante la cena (y después).

Por cierto, Happy Halloween ♥

Un beso y una mirada...

Un beso y una mirada…

©Miranda Cailey Andrews

No te olvides de tu promesa.

 

 

 

 

 

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Daniel y Amelia, James, Marina, Noventa Días, Nunca es suficiente, Raff

Un beso y una mirada…primera parte

No voy a fingir que soy capaz de desprenderme de Daniel y Amelia, y tampoco de Marina, Rafferty y James. De hecho, ni siquiera voy a intentarlo. Es cierto que estoy escribiendo sobre unos nuevos personajes, sobre un amor tan fuerte y tan intenso que la pasión y el deseo no son nada, absolutamente nada, comparados con los sentimientos que estoy intentando trasladar a cada página. Espero poder contarte más sobre esta novela muy pronto, mientras tengo el placer de compartir contigo estos momentos robados, estas escenas inéditas.

Llevaba días dándole vueltas a la idea de reunir a los protagonistas de las dos historias de amor, entrega y pasión que he escrito hasta ahora. Creía que era una locura pero si lo es, no me importa. El único problema es que no es solo una escena, es una de muy larga dividida en unas cuantas partes. Lo bueno es que si te gusta esta primera parte solo tendrás que esperar unos días para la segunda. ¿Qué me dices, quieres leerlas, podrás esperar?

Una última cosa, debo confesarte que no sé si me bastará con estas dos partes, no sé si me bastará con estas miradas y estos besos inéditos…Me temo que acabaré escribiendo una nueva novela con ellos.

Empecemos con Amelia..

Un beso y una mirada

«Daniel sigue siendo Daniel Bond para el mundo exterior, sigue siendo inaccesible, autoritario, dominante y ese es uno de los motivos, solo uno, por los que no puedo evitar sonreír cuando me besa después de prácticamente exigirle al inspector Erkel que investigue a Lucy Labreque. Nuestra niñera.

-No te rías de mí -me exige cuando se aparta-. No tiene gracia.

-Por supuesto que no. -Le rodeo la cintura con las manos y le retengo frente a mí-. Vuelve a besarme.

-A sus órdenes, señora Bond.

Un escalofrío me recorre la piel de la espalda y cuando noto su lengua deslizándose por entre mis labios muevo las manos hasta su espalda. Separa la mandíbula, la fuerza del movimiento aumenta la intensidad del beso, como si no bastase el fuego que siempre arde entre nosotros. Da un paso hacia delante, sus muslos se pegan a los míos y retrocedo hasta que noto la pared a mi espalda. Oh, con qué esas tenemos… Bajo las manos hasta sus nalgas muy despacio y separo las piernas para que así pueda acercarse más a mí. Cuando está entre ellas, cuando lo único que nos separa es la ropa que seguimos llevando, le muerdo el labio inferior y el temblor que le sacude la espalda está a punto de hacernos terminar a los dos.

-Eso es, señor Bond.

Daniel tiene las manos apoyadas en la pared, lo sé porque abro los ojos y veo sus antebrazos tensos a ambos lados de mi cabeza. Le suelto el labio y lo beso con cuidado, él cierra los ojos y respira por entre los dientes. Llevo las manos hacia arriba, acariciándole la espalda.

-Recuérdame por qué tenemos que salir a cenar esta noche -me pide. La nuez le sube y baja por la garganta con esfuerzo.

-Porque Rafferty es tu mejor amigo, y  James te cae muy bien. Y se lo prometimos a Marina, ¿te acuerdas? -le respondo besándole el cuello, un beso tras otro, dibujando la vena donde le late el deseo.

-Odio a Raff, intentó besarte -recuerda furioso-, y James quiso seducirte.

-Ninguno de los dos tuvo nunca la menor oportunidad.

-Quiero estar contigo.

-Yo también voy a la cena, Daniel, estarás conmigo -bromeo mientras le desabrocho el botón de la camisa para besarle el esternón.

-No te burles de mí, Amelia. Sabes que no puedo controlar lo que siento. -De repente abre los ojos y aparta una mano de la pared para levantarme el rostro por el mentón y mirarme a los ojos-. Y es culpa tuya. Tú me haces sentir todo esto.

Me cuesta hablar, tengo que humedecerme los labios. A pesar del tiempo que llevamos juntos (del maravilloso tiempo que llevamos juntos) el amor de Daniel sigue robándome el corazón.

-También es culpa tuya que yo sienta tanto. Te amo, Daniel.

Baja la cabeza despacio, tiene los ojos negros, con ese fuego tan nuestro, ese que solo creamos juntos.

Termino de desabrocharle la camisa, él vuelve a apoyar las manos en la pared. Estoy atrapada, pero el modo en que respira, en que me besa, en que se mueve junto a mí me indica que me necesita, que soy yo la que le tiene atrapado a él. Mis dedos recorren uno a uno los músculos desnudos que tiemblan a su paso, la camisa está completamente desabrochada y la tela blanca flota a nuestro alrededor. Detengo las manos en el cinturón, Daniel gime en mis labios y sigue besándome, entregándose a mí, suspirando y temblando. Aflojo un poco el cinturón sin quitárselo del todo, mi mano se cuela entre la tela.

-Maldita sea -farfulla-, me habría muerto si les hubieses tocado así.

-No, no digas eso -susurro-, estuve demasiado cerca de perderte, Daniel. Yo sí que sé lo que es querer morir por el miedo que tenía a perderte.

Se detiene de golpe, sus manos aparecen en mis mejillas. No me he dado cuenta, pero una lágrima se ha escapado al recordar el accidente de Daniel.

-Amelia, lo siento -se disculpa emocionado-. No quería hacerte revivir esos días.

-No lo has hecho -le aseguro. La verdad es que siempre están en un rincón de mi mente, como una voz que me susurra lo afortunada que soy. Me pongo de puntillas y le beso de nuevo. Necesito estar dentro de él, en su interior, sentir su calor y su fuerza envolviéndome. Devorándome-. Te amo, Daniel. Jamás habría sido capaz de tocar a otro hombre, no después de haberte tocado a ti.

-Dios mío, te necesito. Ya no puedo seguir controlándome.

Me besa, muerde mis labios, apoya el peso de su cuerpo en el mío. Necesitándome.

-Prométeme que Laura estará bien con Lucy -me pide-. No soportaría que le pasase algo.

-Por supuesto que estará bien, solo ha ido a pasear por el parque. Y Frederick está con ellos.

-Gracias por acceder a eso.

-De nada.

Le acaricio el torso hasta llegar al cuello y sigo subiendo hasta tocarle la mejilla y apartarle el pelo.

-Volverán dentro de una hora para que podamos darle un beso a Laura antes de ir a la cena.

-Te necesito, Amelia. Olvidémonos de esa maldita cena y quedémonos en casa. Tengo que estar contigo.

-Yo también te necesito, Daniel. -Le beso el pectoral, encima del corazón que late sin control-. Chis, tranquilo. Vas a estar bien, vas a estar dentro de mí, pero después iremos a la cena. ¿De acuerdo?

Le acaricio por encima del pantalón, le muerdo el cuello hasta dejarle la marca de los dientes y después, muy despacio, dibujo las rayas rojas con la lengua.

-Sí, de acuerdo, lo que tú quieras, pero…

-No digas nada más, Daniel. Solo siente. Desabróchame el vestido, por favor, amor mío. -Sus manos aparecen temblorosas sobre mis botines-. Despacio, muy despacio.

Apoya la frente en la mía y cierra los ojos. Aprieta la mandíbula, traga saliva despacio e intenta ocultarme -sin éxito- el temblor que le sacude el cuerpo cuando le acaricio donde más me necesita.

-Amelia, por favor. -Llega al último botón de mi vestido y espera sin moverse a que le diga qué quiero, qué necesitamos los dos-. Haz algo. No puedo ir así a esa cena, sin saber que he estado dentro de ti, sin saber que me perteneces.

-Te pertenezco. A ti, solo a ti. Siempre.

-No puedo ir sin saber… -me besa en los labios, los suyos tiemblan aunque me muerde al apartarse-… sin saber que te pertenezco.

-Mío. Eres mío, Daniel. -Levanto las manos para sujetarle las muñecas y apartarle las manos de la pared. Le quito la camisa, detengo los dedos en la cinta que le rodea la muñeca y él se estremece. La camisa descansa en el suelo, su torso herido, brutal, contundente, sube y baja frente a mí-. Eres mío, Daniel. Siempre lo has sido y siempre lo serás. Puedes dudar de lo que quieras, pero nunca de esto. Nunca de mí, ni de nosotros. ¿Entendido? Repítemelo.

Le beso el pecho, le muerdo el pectoral encima de una de las marcas de las velas. Le acaricio, el pantalón cae al suelo y el vello que cubre sus fuertes muslos me hacen cosquillas por encima de las medias.

-Más, Amelia. Necesito más. Por favor.

-Dime que nunca dudarás de mí ni de nosotros y te daré lo que necesitas, lo que los dos necesitamos. -Daniel me besa frenético, desesperado, me sujeta por los brazos, la piel de su torso quema la del mío-. Dímelo, Daniel. Puedes hacerlo, has llegado muy lejos. Te amo, no tengas miedo de reconocer lo fuerte que somos.

-Maldita sea, Amelia. Nunca dudaré de ti, nunca he dudado de ti. Solo dudo de mí…cualquier otro hombre.

-No sería tú. Existo para ti y tú existes para mí. ¿O acaso crees que serías tan feliz con otra?

-No, por supuesto que no.

-Yo tampoco.

Me mira incrédulo y al ver sus ojos negros, el sudor que le cubre la frente, el deseo que le tensa todo el cuerpo, sé lo que debo hacer.

-Dame la mano.

Sus fuertes dedos aparecen encima de los míos. Los sujeto con cuidado, a pesar de su fuerza son los más tiernos que he sentido nunca, y los coloco encima de mi entrepierna.

-Tócame, siénteme.

La mano de Daniel tiembla pero cuando siente mi calor su respiración se tranquiliza, suspira. Es feliz.

-Amelia -suspira perdido en nuestro deseo.

-Cógeme en brazos, Daniel, y llévame a nuestro dormitorio.

-No sé si podré llegar, te necesito demasiado.

-Podrás. Hazlo.

Un brazo se desliza bajo mis rodillas y me levanta, le beso el cuello lentamente, mordiéndole con suavidad cada pocos segundos, recordándole que puede lograrlo. Me tumba en la cama, me besa, su cuerpo tiembla encima del mío. Una gota de sudor de su frente cae hasta deslizarse por mi garganta.

-Amelia, por favor…

-Nada de por favor -coloco un dedo encima de sus labios-. Soy tuya. Recuérdalo siempre.

-Quiero poseerte. Ahora mismo. Sin control. Sin límite. Quiero perderme dentro de ti, marcarte, dejar parte de mí dentro de ti, mi olor, mi esencia, mi alma. Quiero que cuando esos hombres te vean sepas que eres mía y que yo soy tuyo.

-Hazlo, Daniel. Yo también lo necesito. No dudo de ti, tú siempre serás mío, pero no quiero que Rafferty, James o Marina crean que pueden tener ni siquiera un segundo de tus pensamientos. Nadie puede. Nos pertenecemos el uno al otro, a nuestra pequeña familia.

Daniel se quita los calzoncillos, creo que habría sido capaz de arrancárselos si estos no hubiesen cedido con facilidad, y entra dentro de mí.

El mundo se detiene. No puedo respirar y él apoya la frente en la mía mientras sus manos se sujetan a mis hombros como si su vida dependiese de ello, como si estuviese colgando al borde del abismo.

-Cada vez es más intenso, Amelia. Dime qué tengo que hacer para poder respirar, para poder vivir.

-Hazme el amor. Solo tienes que hacer eso. »

Me gustaría seguir, pero no puedo. Te prometo que podrás leer el resto de la escena muy pronto, y conocer también como Marina, Raff y James se preparan para esa cena. Y lo que sucede durante la misma… y después.

Recuerda, no existe nada más erótico que el amor. Vívelo. Yo mientras seguiré escribiendo sobre ello.

©Miranda Cailey Andrews.

 

Daniel y Amelia...antes de la cena.

Daniel y Amelia…antes de la cena.

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O la de Marina, Rafferty y James, clica sobre el título y encontrarás más información: Nunca es suficiente

También puedes encontrarlos en itunnes, Barnes&Noble y en las librerías físicas y on-line de tu país ♥

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Daniel y Amelia, Noventa Días, Nunca es suficiente

A veces…es para siempre.

A veces me despierto asustado, a veces me despierto confuso, a veces me despierto furioso por culpa de una pesadilla demasiado real. A veces me despierto y me doy cuenta de que soy feliz. Esas veces son las que más me asombran, las que me cuestan más de asumir, a las otras… a las otras estaba acostumbrado. Ayer llegué tarde a casa. A casa, un concepto cuya existencia antes desconocía y que ahora me ha cambiado la vida. Me gusta decirlo, adoro sentirlo, me excita saber que hay un lugar, un solo lugar en el mundo que me pertenece y que dentro yo pertenezco a la mujer que amo. Y ella a mí. Odio llegar tarde a casa, perderme uno de esos minutos que son solo nuestros, míos y de Amelia, me pone furioso, sin embargo ayer fue inevitable. Patricia, mi socia en Mercer & Bond, tiene que ausentarse unos días, van a realizarle una pequeña operación, en su última revisión médica le encontraron algo que la asustó. Al final no ha resultado ser nada grave pero tienen que extirpárselo y Patricia, previsora, neurótica, auténtica como siempre ha insistido en reunirse conmigo y repasar todos sus asuntos “por si sucede algo”.

-No va a sucederte nada, Patricia –he insistido porque lo creo de verdad y porque realmente el mundo sería un lugar muy poco interesante sin Patricia Mercer.

-Si me sucede te quedarás tú solo con el nuestro bufete y te ocuparás de todo. -Si te sucede algo venderé el bufete al primer niño pijo de Harvard que quiera comprarlo solo para hacerte volver. Patricia me ha mirado confusa.

-Sigue sorprendiéndome comprobar que eres humano, Bond.

-Yo también te quiero, Mercer.

-Mírate, hablando incluso de sentimientos. Vete a casa con Amelia, vamos. Lárgate.

He soltado una carcajada, con la que me he ganado otra mirada, y la he dejado allí a solas con sus pensamientos. Sé que eso era exactamente lo que quería Patricia y yo quería ver a Amelia. El día se me hace eterno desde que trabaja en la O.N.G. En el coche he pensado en lo que le ha sucedido a Patricia, podría haber acabado de una manera muy distinta, el día que el doctor la llamó podría haberle dado una mala noticia. Me he pasado años fingiendo que no tenía un pasado, negándome a tener un futuro porque creía que era la mejor manera, la única, de evitar el dolor. Amelia no me dejó seguir haciéndolo y siempre que sucede algo que me hace retroceder me obliga a seguir adelante, a sentir como nunca antes había sentido. Amelia me da fuerzas, me convierte en el hombre más valiente que puedo ser, pero nuestro amor no puede protegernos de todo. De hecho, los dos hemos aprendido a la fuerza lo fácil que sería perdernos. Llego a casa, aparco el coche en el garaje de nuestro edificio y entro en el ascensor. Huelo su perfume, puedo sentirla allí conmigo. Amelia está metida tan dentro de mí que su olor me circula por la sangre, me acelera el pulso, me la imagino frente a mí. Los escasos minutos del trayecto se me hacen eternos y cuando la puerta del ascensor se separa salgo con la llave de nuestro ático en la mano. Está a oscuras, es tarde, Amelia lleva días cansada porque Marina está de luna de miel e insiste en hacer ella el trabajo de las dos. Intento contenerme para no discutir por culpa de eso pero me resulta muy difícil luchar contra mi instinto de protegerla. La luz del pasillo está encendida y encima de la mesa del salón hay una nota junto a un vaso donde hay una rosa blanca.

Es de las nuestras, te he estado esperando… Te quiero. A 

Me guardo la nota en el bolsillo de la americana para añadirla a las que ya tengo. Las guardo todas, no sé si Amelia lo sabe aunque seguro que se lo imagina y por eso insiste en dejármelas. La rosa es preciosa, ha salido del invernadero que Amelia insistió en construir en la terraza del ático cuando se mudó aquí. Lo primero que hizo fue obligarme a plantar un esqueje del rosal de mi madre que conservo en la casa de campo. Acaricio los pétalos igual que haré con el rostro de Amelia dentro de unos instantes. Camino hasta nuestro dormitorio, ella está dormida y procuro no hacer ruido. Me acerco a la cama y me agacho para darle un beso en los labios. Ella suspira sin despertarse. Me desnudo, me quedo en calzoncillos en contra de lo que desearía… sentir su piel en todo mi cuerpo, sin excepción. La pesadilla es horrible, me ahogo, no puedo respirar. No estoy encerrado en ninguna parte ni hay agua a mi alrededor, sencillamente no puedo respirar porque Amelia no está a mi lado. La busco frenético, desesperado, si no la encuentro pronto voy a morir. Se me acaba el tiempo, el corazón me quema dentro del pecho, el sudor frío me hiela la piel, ya no puedo pensar y lo único que siento es lástima de mí mismo porque mi vida no ha significado nada sin ella. Abro los ojos, me llevo una mano al torso para detener los latidos de mi corazón. En cuanto adquieren una velocidad soportable giro el rostro y la veo. Amelia está aquí, a mi lado. No puedo contenerme, no lo intento, la necesito demasiado. Levanto una mano, estoy temblando, y le acaricio el rostro, le aparto un mechón de pelo. Bajo la mano despacio, con las yemas de los dedos rozo la deliciosa piel de su cuello, la tira del camisón que descansa en el hombro.

-Daniel… -pronuncia mi nombre como solo lo hace ella.

-Te necesito. Amelia mueve una mano hacia mi rostro y me acerco a ella impaciente porque me toque, por sentirla encima de mí.

-¿Qué ha pasado?

-No estabas. -Es lo único que contesto.

Agacho la cabeza, busco sus labios y cuando estos ceden y se rinden a los míos con tanta dulzura estoy a punto de alcanzar el orgasmo. Amelia me toca la nuca, enreda los dedos en mi pelo.

-Estoy aquí, Daniel. Te amo, siempre estaré donde tú estés.

-Dios, Amelia, te amo. Deja que te sienta, lo necesito. Me acaricia los hombros desnudos y sigue respondiendo sin prisa a mis besos, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo.

Lo tenemos.

Bajo la mano por encima del camisón y la deslizo por entre sus piernas, al sentir su calor gimo sin control. La acaricio con suavidad y reverencia, Amelia suspira, me deja sin aliento al entregarse a mí de esa manera.

-Yo también te siento, Daniel.

-Quédate así –le pido-, no te muevas. No digas nada, por favor.

Amelia asiente, deja que le coloque las manos como quiero, las levanto con adoración, le beso la piel de las muñecas y las dejo frente al cabezal. Ella lo rodea con las dedos. Sé que no va a soltarse, yo no lo hago cuando necesito entregarme a Amelia de esa manera, hoy necesito que sea ella la que se rinda. Beso a Amelia, le recorro el cuerpo a besos, la acaricio, la llevo al límite con mis susurros, mis labios, mi alma. Me coloco entre sus piernas, le tiemblan.

-Daniel…

-Un poco más, amor.

Le beso los muslos, respiro pegado a su piel, busco su sabor y lo capturo con mi lengua. Arquea la espalda, aprieta el cabezal. No se suelta.

-Gracias por la nota –susurro sin apartarme de ella. Mis palabras le erizan la piel-. Y por la rosa-. La beso donde estoy muy, muy despacio-. Gracias por amarme.

La piel le quema, tensa los músculos de la pelvis, se muerde el labio para no gemir y me incorporo para entrar dentro de ella y besarla en los labios. La beso, engullo sus gritos orgulloso por haberlos creado, la sujeto por los hombros para retenerla mientras me aseguro de formar parte de ella, de que nadie pueda arrancarme jamás de allí.

-Te amo, Amelia. Gracias por dejarme amarte. Me estremezco, grito, le muerdo el cuello y ella me acaricia el pelo con ternura mientras el resto de su cuerpo se sacude con un orgasmo intenso y violento. Amelia es capaz de destrozarme.

-Te amo, Daniel. Aparto la cabeza porque necesito volver a besarla. Ahora, con nuestros cuerpos unidos ya puedo respirar. No me aparto, vuelvo a moverme. Esta vez despacio, sin restricciones, dejando que me toque, suplicándole que lo haga. A veces tengo pesadillas pero Amelia siempre las derrota. Amelia siempre me derrota.

La amo, le pertenezco.

A veces...es para siempre, y más si se trata de Daniel y Amelia

A veces… es para siempre, y más si se trata de Daniel y Amelia.

 

Espero que te haya gustado leer lo que le sucede a veces a Daniel… y que tengas ganas de leer mi nueva novela. Se publica en septiembre y en ella descubrirás con quién se ha ido de luna de miel Marina, Nunca es suficiente puede robarte el alma.

Miranda Cailey Andrews

 

 

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Daniel y Amelia, Noventa Días, Sueños hechos realidad, Todos los Días

Besos, bodas, confesiones y peticiones.

Estoy tan atrapada en la escritura de Un día Más que me había olvidado de actualizar la web. Espero que sepas perdonarme.

Pronto podré contarte más detalles sobre la muy romántica e infinitamente sensual última entrega de la saga Noventa Días. Daniel y Amelia se despedirán de ti con una historia demoledora, intensa, y repleta de tantos sentimientos que se te meterán bajo la piel y no podrás olvidarlos jamás.

Mientras esperas la novela paséate por los últimos besos inéditos y disfruta de ellos tantas veces como quieras: En el beso nº 5 encontrarás una escena sacada directamente del primer capítulo de Un día Más, en el beso nº6 podrás entrar en la boda de Daniel y Amelia, en el beso nº 7 subirás con ellos en ascensor, en el nº8 presenciarás una demoledora confesión, en el nº9 una petición que te robará el alma, y en el beso nº10 un despertar maravilloso.

Y si te quedas con ganas de saber un poquito más sobre la novela que escribiré cuando concluya la historia de amor de Daniel y Amelia, curiosea en “Próximamente” y descubre lo que tengo preparado para Marina y Raff en Nunca es Suficiente.

Me despido con un beso e impaciente por seguir escribiendo.

Miranda

La fotografía preferida de Daniel y Amelia.

La fotografía preferida de Daniel y Amelia y la inscripción que hizo Daniel en la parte de atrás.

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Daniel y Amelia, Noventa Días

Noventa Días, el principio de un sueño hecho realidad

Hace unos años soñé con escribir una novela, la vida pasó y me llevó por otros caminos, maravillosos y tortuosos, y el noviembre del año pasado, Esencia, un sello del Grupo Planeta, se interesó por Noventa Días.

Ya os iré hablando más sobre mí (no soy nada interesante) y sobre Daniel y Amelia, los verdaderos protagonistas de esta historia, y sobre el  amor inesperado que los une y que les lleva a descubrir el verdadero compromiso que implican el deseo y la pasión; pero ahora, en esta primera entrada, necesito dar las gracias a todos los que habéis leído Noventa Días  y habéis hecho posible que haya llegado (de momento) a su tercera edición.

Noventa Días

Gracias.

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