Daniel y Amelia, Noventa Días, Nunca es suficiente

A veces…es para siempre.

A veces me despierto asustado, a veces me despierto confuso, a veces me despierto furioso por culpa de una pesadilla demasiado real. A veces me despierto y me doy cuenta de que soy feliz. Esas veces son las que más me asombran, las que me cuestan más de asumir, a las otras… a las otras estaba acostumbrado. Ayer llegué tarde a casa. A casa, un concepto cuya existencia antes desconocía y que ahora me ha cambiado la vida. Me gusta decirlo, adoro sentirlo, me excita saber que hay un lugar, un solo lugar en el mundo que me pertenece y que dentro yo pertenezco a la mujer que amo. Y ella a mí. Odio llegar tarde a casa, perderme uno de esos minutos que son solo nuestros, míos y de Amelia, me pone furioso, sin embargo ayer fue inevitable. Patricia, mi socia en Mercer & Bond, tiene que ausentarse unos días, van a realizarle una pequeña operación, en su última revisión médica le encontraron algo que la asustó. Al final no ha resultado ser nada grave pero tienen que extirpárselo y Patricia, previsora, neurótica, auténtica como siempre ha insistido en reunirse conmigo y repasar todos sus asuntos “por si sucede algo”.

-No va a sucederte nada, Patricia –he insistido porque lo creo de verdad y porque realmente el mundo sería un lugar muy poco interesante sin Patricia Mercer.

-Si me sucede te quedarás tú solo con el nuestro bufete y te ocuparás de todo. -Si te sucede algo venderé el bufete al primer niño pijo de Harvard que quiera comprarlo solo para hacerte volver. Patricia me ha mirado confusa.

-Sigue sorprendiéndome comprobar que eres humano, Bond.

-Yo también te quiero, Mercer.

-Mírate, hablando incluso de sentimientos. Vete a casa con Amelia, vamos. Lárgate.

He soltado una carcajada, con la que me he ganado otra mirada, y la he dejado allí a solas con sus pensamientos. Sé que eso era exactamente lo que quería Patricia y yo quería ver a Amelia. El día se me hace eterno desde que trabaja en la O.N.G. En el coche he pensado en lo que le ha sucedido a Patricia, podría haber acabado de una manera muy distinta, el día que el doctor la llamó podría haberle dado una mala noticia. Me he pasado años fingiendo que no tenía un pasado, negándome a tener un futuro porque creía que era la mejor manera, la única, de evitar el dolor. Amelia no me dejó seguir haciéndolo y siempre que sucede algo que me hace retroceder me obliga a seguir adelante, a sentir como nunca antes había sentido. Amelia me da fuerzas, me convierte en el hombre más valiente que puedo ser, pero nuestro amor no puede protegernos de todo. De hecho, los dos hemos aprendido a la fuerza lo fácil que sería perdernos. Llego a casa, aparco el coche en el garaje de nuestro edificio y entro en el ascensor. Huelo su perfume, puedo sentirla allí conmigo. Amelia está metida tan dentro de mí que su olor me circula por la sangre, me acelera el pulso, me la imagino frente a mí. Los escasos minutos del trayecto se me hacen eternos y cuando la puerta del ascensor se separa salgo con la llave de nuestro ático en la mano. Está a oscuras, es tarde, Amelia lleva días cansada porque Marina está de luna de miel e insiste en hacer ella el trabajo de las dos. Intento contenerme para no discutir por culpa de eso pero me resulta muy difícil luchar contra mi instinto de protegerla. La luz del pasillo está encendida y encima de la mesa del salón hay una nota junto a un vaso donde hay una rosa blanca.

Es de las nuestras, te he estado esperando… Te quiero. A 

Me guardo la nota en el bolsillo de la americana para añadirla a las que ya tengo. Las guardo todas, no sé si Amelia lo sabe aunque seguro que se lo imagina y por eso insiste en dejármelas. La rosa es preciosa, ha salido del invernadero que Amelia insistió en construir en la terraza del ático cuando se mudó aquí. Lo primero que hizo fue obligarme a plantar un esqueje del rosal de mi madre que conservo en la casa de campo. Acaricio los pétalos igual que haré con el rostro de Amelia dentro de unos instantes. Camino hasta nuestro dormitorio, ella está dormida y procuro no hacer ruido. Me acerco a la cama y me agacho para darle un beso en los labios. Ella suspira sin despertarse. Me desnudo, me quedo en calzoncillos en contra de lo que desearía… sentir su piel en todo mi cuerpo, sin excepción. La pesadilla es horrible, me ahogo, no puedo respirar. No estoy encerrado en ninguna parte ni hay agua a mi alrededor, sencillamente no puedo respirar porque Amelia no está a mi lado. La busco frenético, desesperado, si no la encuentro pronto voy a morir. Se me acaba el tiempo, el corazón me quema dentro del pecho, el sudor frío me hiela la piel, ya no puedo pensar y lo único que siento es lástima de mí mismo porque mi vida no ha significado nada sin ella. Abro los ojos, me llevo una mano al torso para detener los latidos de mi corazón. En cuanto adquieren una velocidad soportable giro el rostro y la veo. Amelia está aquí, a mi lado. No puedo contenerme, no lo intento, la necesito demasiado. Levanto una mano, estoy temblando, y le acaricio el rostro, le aparto un mechón de pelo. Bajo la mano despacio, con las yemas de los dedos rozo la deliciosa piel de su cuello, la tira del camisón que descansa en el hombro.

-Daniel… -pronuncia mi nombre como solo lo hace ella.

-Te necesito. Amelia mueve una mano hacia mi rostro y me acerco a ella impaciente porque me toque, por sentirla encima de mí.

-¿Qué ha pasado?

-No estabas. -Es lo único que contesto.

Agacho la cabeza, busco sus labios y cuando estos ceden y se rinden a los míos con tanta dulzura estoy a punto de alcanzar el orgasmo. Amelia me toca la nuca, enreda los dedos en mi pelo.

-Estoy aquí, Daniel. Te amo, siempre estaré donde tú estés.

-Dios, Amelia, te amo. Deja que te sienta, lo necesito. Me acaricia los hombros desnudos y sigue respondiendo sin prisa a mis besos, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo.

Lo tenemos.

Bajo la mano por encima del camisón y la deslizo por entre sus piernas, al sentir su calor gimo sin control. La acaricio con suavidad y reverencia, Amelia suspira, me deja sin aliento al entregarse a mí de esa manera.

-Yo también te siento, Daniel.

-Quédate así –le pido-, no te muevas. No digas nada, por favor.

Amelia asiente, deja que le coloque las manos como quiero, las levanto con adoración, le beso la piel de las muñecas y las dejo frente al cabezal. Ella lo rodea con las dedos. Sé que no va a soltarse, yo no lo hago cuando necesito entregarme a Amelia de esa manera, hoy necesito que sea ella la que se rinda. Beso a Amelia, le recorro el cuerpo a besos, la acaricio, la llevo al límite con mis susurros, mis labios, mi alma. Me coloco entre sus piernas, le tiemblan.

-Daniel…

-Un poco más, amor.

Le beso los muslos, respiro pegado a su piel, busco su sabor y lo capturo con mi lengua. Arquea la espalda, aprieta el cabezal. No se suelta.

-Gracias por la nota –susurro sin apartarme de ella. Mis palabras le erizan la piel-. Y por la rosa-. La beso donde estoy muy, muy despacio-. Gracias por amarme.

La piel le quema, tensa los músculos de la pelvis, se muerde el labio para no gemir y me incorporo para entrar dentro de ella y besarla en los labios. La beso, engullo sus gritos orgulloso por haberlos creado, la sujeto por los hombros para retenerla mientras me aseguro de formar parte de ella, de que nadie pueda arrancarme jamás de allí.

-Te amo, Amelia. Gracias por dejarme amarte. Me estremezco, grito, le muerdo el cuello y ella me acaricia el pelo con ternura mientras el resto de su cuerpo se sacude con un orgasmo intenso y violento. Amelia es capaz de destrozarme.

-Te amo, Daniel. Aparto la cabeza porque necesito volver a besarla. Ahora, con nuestros cuerpos unidos ya puedo respirar. No me aparto, vuelvo a moverme. Esta vez despacio, sin restricciones, dejando que me toque, suplicándole que lo haga. A veces tengo pesadillas pero Amelia siempre las derrota. Amelia siempre me derrota.

La amo, le pertenezco.

A veces...es para siempre, y más si se trata de Daniel y Amelia

A veces… es para siempre, y más si se trata de Daniel y Amelia.

 

Espero que te haya gustado leer lo que le sucede a veces a Daniel… y que tengas ganas de leer mi nueva novela. Se publica en septiembre y en ella descubrirás con quién se ha ido de luna de miel Marina, Nunca es suficiente puede robarte el alma.

Miranda Cailey Andrews

 

 

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6 thoughts on “A veces…es para siempre.

  1. ¡Ay, por Dios! muero de impaciencia esperando a que se publique tu nueva novela, adoro la historia de Daniel y Amelia, nunca tendremos suficiente… es un amor tan intenso, como se entregan el uno al otro, TODO.❤

  2. Cris Sandoval says:

    Lo he disfrutado mucho, en verdad extraño demasiado a Daniel y Amelia, espero con ansias conocer sobre la historia de Marina….. ya quiero que sea septiembre🙂

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