Daniel y Amelia, Escribiendo, Noventa Días, Todos los Días, Un Día Más

Contigo

Hoy es fiesta en U.K, Boxing Day, un día dedicado a comer sobras, guardar regalos y asaltar las rebajas…Yo estoy escribiendo, mi taza de té al lado del ordenador, mis notas por todas partes, y ganas de seducirte y enamorarte con mis nuevos personajes, y de seguir atrapándote con los que ya conoces.

Espero que te gustase la entrada de ayer, aquí tienes su continuación…

Contigo (leela después de leer Feliz Navidad)

«-No sé si puedo, Amelia. -Daniel respira entre dientes-. Joder, estás preciosa sentada en esa butaca con mi camisa, si no fuera porque siempre que te veo llevándolas me entran ganas de entrar dentro de ti, ya me habría desecho de los malditos pijamas.

-No podías estar desnudo en el hospital -le recuerdo tras humedecerme los labios.

-No hagas eso -farfulla.

-No te levantes -le detengo cuando suelta la sábana.

-Pues entonces ayúdame. No puedes pretender que me quede aquí quieto y te escuche cuando puedo oler desde aquí que tú también me deseas. Deja de humedecerte los labios, deja de mirarme de esa manera, si pretendes que te escuche.

-No, deja de mirarme tú.

-Imposible.

-Quiero que me escuches, Daniel. Necesito hablarte de mi regalo.

-Tú y Laura sois mi regalo, Amelia. No quiero nada más.

-Daniel…

-Está bien, si quieres que te escuche, vas a tener que ayudarme.

Le miro, la lámpara que hay detrás de mí también le ilumina, pero su cuerpo está medio cubierto de sombras. Distingo su rostro, los ojos oscuros, la fuerte mandíbula, la tensión que le domina los hombros. Se está conteniendo, y le está costando.

-Te ayudaré, no te muevas.

Él asiente, se pone en mis manos. Me levanto y me dirijo al armario, siento la mirada de Daniel recorriéndome la espalda, la camisa del pijama me cubre las nalgas pero noto allí la promesa de sus caricias. La piel desnuda de mis piernas se estremece. Saco unas medias negras del cajón y las oculto en el interior de la mano. Cierro los ojos un segundo antes de darme media vuelta. Cuando lo hago, el impacto del deseo y del amor de Daniel me tambalea.

Camino hasta la cama, a él se le acelera la respiración y le tiembla el músculo de la mandíbula.

-Cierra los ojos -susurro.

Daniel los cierra de inmediato. Me siento a su lado y le acaricio el rostro, él intenta controlar el impacto que le produce sentirme. Acerco el rostro al suyo y le beso. Primero despacio, hasta que le muerdo el labio y él los separa para dejarme entrar. Gime, tensa los tendones del brazo, aprieta los dedos en la sábana. Seguiría besándolo, dejando que sus suspiros y su sabor entrasen dentro de mí, pero antes debo contarle lo que he hecho.

-Daniel… -pronuncio su nombre al apartarme. Él se pasa la lengua por el labio y el torso le tiembla un instante-. Voy a taparte los ojos con una media, ¿de acuerdo?

No contesta, mueve la cabeza para indicarme que me ha escuchado y que está dispuesto a seguirme. Le cubro los ojos con la media, tengo que ponerme de rodillas en la cama y pegarme a él para atarle el nudo en la parte posterior de la cabeza. Mis pechos quedan a la altura de su rostro y noto la respiración de Daniel en ellos.

-Dios, Amelia…ayúdame.

Le acaricio el pelo, enredo los dedos en los de la nuca y agacho la cabeza para morderle el cuello.

-Tranquilo, sólo tienes que estar así unos minutos más. Lo estás haciendo muy bien.

Él se estremece, veo que aprieta la sábana, pero la respiración aminora y siento que controla el deseo y que cede ante mí.

-Gracias -susurra.

Me aparto y camino hacia el armario sin dejar de mirar a Daniel, los músculos de su torso desprenden tanta fuerza que cierro las mas manos para contener las ganas de tocarlos. Encuentro, casi a tientas, lo que estoy buscando y regreso a su lado. Dudo unos segundos frente a la butaca, tal vez sería mejor que me sentase allí, lejos de él. Lejos de la tentación que Daniel representa, pero no lo hago y sigo caminando.

Él respira entre dientes al notar que vuelvo a estar a su lado.

-Estoy aquí, Daniel -afirmo-. Tranquilo.

Paso una mano por su pecho, la detengo encima del corazón, encima de una de sus cicatrices.

-Tengo tus regalos -sigo-. Primero voy a abrir el sobre.

El ruido de la lengüeta de papel suena en el dormitorio.

-Son unos documentos, podría haberlos preparado yo pero le pedí a Patricia que los redactase.

-¿Qué has hecho, Amelia? ¿Quieres separarte de mí?

-¡No, por supuesto que no! ¿Cómo se te ocurre preguntármelo? -Me he sentado en su regazo y aunque él sigue llevando la media alrededor de los ojos le sujeto el rostro entre las palmas de las manos y le miro-. Siempre quiero estar contigo. Siempre.

-Entonces, ¿de qué documento estás hablando? Dímelo, por favor.

-Es un cambio de nombre, Daniel. Para Laura.

Vuelve a respirar tranquilo.

-¿Para Laura?

-Sí, cuando nació dijiste que tenías miedo de llamarla Laura. Dijiste que no querías que la desgracia de tu hermana fuese una sombra para nuestra hija. Dijiste que no querías que la tristeza se acercase nunca a nuestra Laura.

-Me acuerdo, tú dijiste que el nombre de mi hermana era perfecto para ella.

-Sí, eso dije. Lo es, pero te conozco Daniel y sé que sigues creyendo que necesitas ahuyentar el pasado de la pequeña Laura. Sé que siempre la protegerás, que serás el mejor padre del mundo para ella, y por eso he pensado que podíamos cambiar el nombre de Laura por Laura Daniela.

-¿Laura Daniela?

-Sí, Laura Daniela Bond es perfecto, así siempre estarás con ella. Tú la protegerás, Daniel. Tú cuidarás de nuestra Laura.

Daniel no dice nada, traga saliva. La nuez sube y baja pesadamente por su garganta. Le tiemblan las manos y noto su erección bajo mis nalgas.

-¿Te gusta?

Sigue en silencio.

-No es definitivo -me apresuro a añadir-, para hacer efectivo el cambio de nombre debemos firmar los dos, así que…

-Es perfecto. Gracias -me interrumpe con la voz ronca.

-De verdad.

-¿Los documentos están delante de mí?

-Sí.

-Dame un bolígrafo -ordena firme sin quitarse la media de alrededor de los ojos.

Me levanto y me acerco a su mesilla de noche. Abro el cajón, hace días vi allí su estilográfica, es negra, completamente negra. Vuelvo a la cama con la pluma en una mano y los documentos en la otra. Daniel no se ha movido pero detecta el instante exacto en que me detengo delante de él.

-¿Tienes los documentos y algo para firmar?

-Sí, tengo tu estilográfica.

-Dámela. -Tiende la mano derecha y coloco la pluma en la palma-. Busca la página que tengo que firmar.

Separo el documento, paso los folios sin leerlos pues los he revisado cientos de veces, no porque dude de Patricia sino porque estaba nerviosa. Tenía muchas ganas de contárselo a Daniel.

-Es aquí.

Sujeto los documentos por la página en cuestión y Daniel levanta la mano hacia ellos.

-¿Aquí? -Le sujeto la muñeca y coloco la mano justo encima de la línea de puntos. Él firma al instante-. ¿Ya está?

Observo su firma, es firme, impactante, desprende la misma seguridad que el hombre que la ha estampado.

-Ya está.

Dejo los papeles en la mesilla de noche y me agacho para besar apasionadamente a Daniel. Él me muerde el labio inferior de lo intensa que es su reacción. Siento los latidos de su corazón en mi sangre, Daniel sigue sujetándose de la sábana, sabe que cuando nos toquemos no podremos detenernos ni para respirar.

-Daniel, tengo que…

-Por Dios, Amelia, no me pidas nada más y deja que entre dentro de ti. Por favor.

-Todavía no, Tengo que darte otra cosa.

Levanta la comisura del labio y suspira.

-No creo que pueda soportar otro regalo, Amelia. Me has dado demasiado.

-No, Daniel. Te daré mucho más, siempre te daré más.

Agacha la cabeza y apoya la frente en el hueco de mi cuello. Respira despacio, me lame el pulso y tiro del pelo de su nuca. Suelto despacio los dedos y los bajo por sus brazos desnudos hasta detenerlos en sus muñecas.

-La cinta, mi cinta, empieza a romperse -susurro pegada a su oído. Él se estremece.

-Lo sé.

-Deberías quitártela.

-Jamás.

Deslizo los dedos por debajo de la cinta de cuero, está raída, hay trozos donde esta suave y otros donde está áspera. El nudo está apretado y Daniel tiene la costumbre de tocarlo muy a menudo.

-Enseguida vuelvo.

Él suelta el aliento y el torso le sube y baja despacio. Sé que si yo no le hubiera pedido que estuviese quieto me sujetaría por la cintura y evitaría que me levantase. Regreso al instante con una cajita de cartón rodeada por una cinta de cuero. Aflojo la cinta y la sujeto entre los dedos mientras me siento de nuevo en el regazo de Daniel. Le cojo la mano y le aflojo los dedos hasta que consigo que suelte la sábana.

-Este regalo es para ti. -Levanto la muñeca y empiezo a rodearla con la cinta nueva-. Es el mismo cuero, me he pasado semanas buscándolo.

-Basta, Amelia. Te necesito.

Anudo la cinta justo encima de la otra, más vieja e igual de importante y significativa.

-Y yo a ti. -Me acerco la muñeca a los labios y beso el interior-. Mi regalo no es la cinta. Mi regalo es un tatuaje.

Le levanto el brazo y le lleno de besos la piel. He empezado por la muñeca y sigo hasta el codo. Allí me detengo un segundo y capturo la piel un segundo entre los dientes. Cuando le oigo sisear, sigo hasta acercarme al hombro.

-He pensado que podrías tatuarte aquí una cinta, tal vez podrías añadirle una “A”, aunque no hace falta. Sé que siempre que la veas pensarás en mí.

-Necesito tocarte. ¿Puedo tocarte?

-Claro que puedes.

Suelta la sábana y sus dedos empiezan a desabrochar los botones de la camisa de pijama que llevo puesta.

-He encontrado un estudio de tatuaje, he reservado hora para nosotros dentro de dos días. Yo estaré contigo. Duele un poco y si no quieres…

-Quiero. Quiero tener tu marca en mi cuerpo. Ya la tengo en mi alma, quiero tenerla de todas las maneras posibles.

-¿De verdad?

-Amelia, cuando toco la cinta te veo, te siento, recuerdo tus besos, tus caricias, tu aliento. El tatuaje me recordará todo eso y más. Nunca antes nadie me había pedido nada tan personal ni tan intenso.

Ha terminado de desabrocharme la camisa y mi piel roza la de su torso.

-Te amo, Daniel. Túmbate en la cama, por favor.

Me sujeta por la cintura con cuidado, como si estuviese hecha de cristal, y me levanta para depositarme en la cama. Sigue llevando los ojos vendados y su cuerpo está dominado por el deseo y esa tensión tan animal inherente a Daniel. Se tumba en la cama tal como le he pedido y coloca los brazos a ambos lados de su cuerpo.

-Amelia. Dime qué más tengo que hacer, qué más necesitamos los dos.

Me quito la camisa, la tela cae a mi espalda. Me levanto un segundo para deshacerme de la ropa interior y me muerdo los labios al ver el impresionante cuerpo desnudo de Daniel.

-¿Quieres que te quite la media de alrededor de los ojos?

-¿Quieres quitármela?

Me siento encima de él, separo los muslos y desciendo despacio encima de Daniel. Él suelta el aliento y tensa los pectorales.

-Necesito verme en tus ojos. Es muy erótico y sensual saber que puedo vendarte los ojos, atarte las manos, acercar una vela a tu piel. Es precioso y me honra que confíes tanto en mí.

-Tú eres preciosa, Amelia. Jamás soñé que existiera una criatura tan hermosa como tú. -Traga saliva-. Y me amas.

-Por supuesto que te amo, Daniel.

-Quítame la venda, por favor, pero antes ponme dentro de ti. No puedo esperar más. Es demasiado.

-¿El qué? -le pregunto mientras me levanto y le guío con cuidado hacia mi interior.

-Lo que siento, este amor. Es demasiado.

Bajo lentamente, a los dos nos cuesta respirar. Apoyo las manos en su torso y él aprieta los dedos en mi cintura. Estamos unidos, nuestros cuerpos, nuestras vidas, nuestras almas.

-No es demasiado, Daniel. -Llevo la mano hasta su rostro y tras acariciarle la mejilla tiro de la media y sus ojos quedan al descubierto-. Es perfecto, Daniel.

-Amelia…

-Te amo, Daniel. Eres el amor de mi vida, eres mi destino, mi pasado, mi futuro. Contigo soy todo lo que puedo ser.

-Yo… -se muerde el labio, está a punto de llegar al final. Le siento temblar dentro de mí. Su deseo nunca antes había estado tan al límite-. Contigo…

-Chis… -Coloco dos dedos en su boca-, dime lo que sientes.

-Siento tanto, tanto amor, tanta pasión, tanto deseo… No puedo controlarlo.

-No lo controles. Estoy aquí. Contigo.

-Sí, conmigo.

Sus ojos negros se clavan en los míos, levanta las manos y las sube frenético por mis brazos hasta llegar a mi rostro. Entonces tira de mí.

-Contigo. Solo contigo.

Me besa apasionadamente, su aliento entra dentro de mí al mismo tiempo que todo su amor. Nos rendimos y nuestros cuerpos se entregan sin límite el uno al otro. »

Te prometo que esto es solo el principio de lo que estoy escribiendo…

Tengo otro regalo preparado para la última noche del año, ¿estarás aquí?

Miranda Cailey Andrews.

Contigo

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8 thoughts on “Contigo

    • Hola, Luisa, sí que hablo español, y lo escribo. Tengo la suerte de conocer los dos idiomas, el inglés y el español, desde pequeña. Espero que sigas leyendo mis relatos y mis novelas durante mucho tiempo.
      Miranda

  1. Aurora says:

    Santo Dios!!!! Es sorprendente su habilidad Miranda, de volver a una persona adicta a sus historias…. Me encantan cada una de ellas, espero con ansias sus próximos relatos !!!😊😊 le deseo muchas bendiciones y salud#!!

  2. ais says:

    hola muy apasionada la historia pero quisiera saber si este es un libro o son capítulos que subes a tu pagina…felicidades me gusta la historia se ve interesante

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